14 de septiembre, 2020

Reflexión: Más allá de las palabras

Por: Magaly Rebaza

Llegué hace unos días a otra de nuestras comunidades fraternas. Y me quedé conmovida con esta imagen llena de símbolos y colores cálidos. Sentí claramente que Dios me iba mostrando distintos detalles al verla.

Estas ovejas al igual que nosotros, tienen el mismo tamaño, expresando y recordándome que todos tenemos la misma dignidad, que nadie en esta tierra puede considerarse mejor o peor, más o menos pecador, más o menos santo, más o menos valioso. Todos fuimos hechos con la misma dignidad y todos nos merecemos el mismo respeto y valor. Tal vez nuestros ojos fallan o nuestros oídos distorsionan lo que percibimos. Tenemos lana y otras cosas que nos cubren, pero hemos sido rescatados por el mismo precio, con la sangre del mismo Cristo. Sus manos divinas y bondadosas junta nuestras cabezas. Es como si nos recordara lo unidos que estamos al venir del mismo Creador, del mismo Salvador y con el mismo Espíritu.

 

Ovejas que pudimos estar alejadas, perdidas, heridas, asustadas, rebeldes, ofendidas, rechazadas. Ovejas que venimos con muchas historias, muchos encuentros y experiencias para contar y recordar. Ovejas que tenemos una historia de amor en la cual siempre existe la experiencia que todo ser humano atraviesa: el perdón.

 

Qué ser humano no ha pasado por esta experiencia: Sea al pedir perdón, querer perdonar, arrepentirse por el daño hecho, estar dolido por el daño recibido. Querer pedir perdón a la persona que tanto se ama, con la que trabajamos, al mejor amigo o el necesitar perdonarnos a nosotros mismos… Historias en las que más de una vez hemos reconocido que ésto sobrepasa nuestras fuerzas, que no somos capaces de hacerlo.

Cuántas historias en las que el amor se ve probado pero fortalecido. Ese perdón que puede recuperarnos la paz, que puede renovar nuestra esperanza. Ese perdón que es como un boomerang de paz cuando podemos perdonarnos a nosotros mismos. ¡Cuántos rostros y formas de amar pueden darse en esta experiencia!

Generalmente se piensa que el mayor beneficiario es aquel que recibe el perdón, y de hecho es una bendición recibirlo. Pero creo que no podemos olvidar que la paz y la experiencia que vive aquel que perdona es indescriptible. Perdonar es de valientes y requiere de una fuerza sobrenatural y una gracia especial cuando implica sobreponernos al dolor y la herida profunda que le causó. Ese perdón ofrecido a la persona que más amamos y de quien no esperábamos ese profundo daño. Entonces es indispensable recordar que con Dios todo es posible.

El Evangelio de este domingo, tiene esta pregunta de Pedro tan sincera, tan humana y tan actual: ¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? (número que significa perfección para los judíos perfección). Y que viene con la respuesta exigente y radical de Jesús, quien no espera menos de nosotros: “hasta 70 veces 7”, es decir siempre.

Mt 18, 21-22

Y ante esta respuesta de Jesús, retomo esta imagen que muestra a estas ovejas abrazándose y recostando la cabeza de una sobre la otra. Imagen que me da mucha paz porque pudieron abrazarse gracias a las manos de Jesús. Es él quien nos unió y nos reconcilió. El que nos regresa una y otra vez a la casa del Padre.

Esta imagen además se encuentra en la puerta de un Sagrario, en la puerta del lugar que resguarda al mismo Dios. Lugar que me da fuerza y me recuerda que es en Él y solo con Él que se puede vivir este milagro del perdón.

No olvidemos que siempre estamos llamados a levantar la mirada para el don del perdón. Siempre hemos de mirar al otro con caridad y esperanza en el cambio. No olvidemos que así nos mira Él: así nos miró en la Cruz. Con esa mirada nos abraza y nos une cerca de su corazón, con esa esperanza es que nos da TODA LA GRACIA QUE NECESITEMOS para vivir la maravillosa experiencia de renacer una y otra vez en el amor.

Es verdad que este llamado puede ser muy difícil, que hay experiencias que pueden titularse “imperdonables”. Pero es verdad que sí es posible porque el poder de Dios es real. Sólo espera que se lo pidamos, sólo nos pide reconocer que queremos hacerlo. Sólo nos pide nuestra libertad.

Entonces se dará el milagro maravilloso de poder vernos otra vez cara a cara, con ilusión, con cariño y gratitud porque la persona que tanto queremos ya no está lejos de nuestro camino.

Habrán perdones que se miren, que se escuchen, como otros silenciosos guardados en lo profundo de nuestro corazón. Pero todos nos llevan a una fiesta y gozo por haber acogido la reconciliación y la gracia en nuestras vidas para poder vivir el auténtico amor.

Que esta semana la Madre de la Misericordia nos haga más hermanos, más unidos y más plenos para poder amar más y mejor…

Las palabras y escritos ya sobran. Contemplemos estos misterios grandes por interiorizar. Es mejor remitirnos ahora a las imágenes guardadas en el corazón, a las historias de amor recibidas, remitirnos a las canciones de gratitud por la incondicionalidad del amor de Jesús que hace que los nuestros nos amen más, que hace el milagro de poder perdonar de corazón. Toca remitirnos a los colores que se avivan en el espíritu cuando el abrazo de Dios nos ha vuelto a reunir y abrazarnos fraternalmente.

VAYAMOS MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS. AMEMOS MÁS Y MEJOR…

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Magaly Rebaza es Laica Consagrada en la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Licenciada en Educación Secundaria con Especialidad en Filosofía y Ciencias Sociales. Tiene estudios y experiencia en Tutoría y Orientación. Tiene un interés muy grande por ayudar a que las familias se entiendan como la primera escuela de amor y felicidad. Anhela que todo ser humano entienda que el cielo empieza aquí en la tierra.

Si deseas leer más reflexiones de ella puedes entrar a su blog Asombro y presencia

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