23 de noviembre, 2020

Reflexión: El valor de las miniaturas

Por: Magaly Rebaza

 

Era emocionante ver a mi mamá haciendo arreglos florales para participar en distintos concursos. Pero era más aún cuando los hacía en miniatura. Cuánto esfuerzo para hacerlo bien. Le exigía más concentración y mucho cuidado para cada objeto y cada flor. Era expresar toda la armonía que se ve a lo lejos en un arreglo de tamaño normal, en uno sumamente pequeño que requiere acercarse mucho para ver la belleza en cada uno de los pequeños detalles.

Armar un arreglo así, implica tener una atención muy particular. Esa flor y hojas pequeñas, esas minúsculas ramas, tallos y adornos que se usan, requieren un cuidado especial pues son muy frágiles. Son arreglos que pueden demorar más en ser realizados y también más en ser observados por la cantidad de pequeños detalles que guardan y que podrían no ser notados si no se mira con especial atención.

Arreglos muy pequeños pero que son tan valiosos como los normales y comunes…

Guardando las grandes distancias, evoqué esta experiencia cuando meditaba sobre lo que implica entregarse a un ser humano “pequeño” y débil. Éste que tiene algún tipo de desventaja o limitación. Hermanos pequeños que de por sí requieren una atención especial, no sólo física sino especialmente interior. Requieren una mirada muy reverente para comprender cómo son y qué más pueden necesitar, pues muchas veces no tienen la voz suficiente para ser escuchados y comprendidos.

Ésto es algo que los justos del relato del Evangelio de este domingo eran capaces de vivir:

“Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento… sediento… forastero… desnudo… enfermo o en la cárcel…? Mt 25, 37-39

La invitación del Señor es poner todo esfuerzo y atención posible para ver a ese hermano con la conciencia de saber su auténtico valor más allá de la apariencia: de la deformación física, de la suciedad, del olor, del defecto que distrae, de las consecuencias que le trae su condición. Poder ver su grandioso valor y dignidad más allá de sus limitaciones cognitivas, de carácter o trastornos psicológicos, más allá de esas limitaciones que podrían causar rechazo o incluso temor.

Pero es un llamado ante todo de tener una mirada que se alimenta de amor, de fe y de esta certeza de que, en esa persona, está el mismo Cristo.

“…cuanto hicisteis a estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” Mt 25, 40

Escuchaba a un sacerdote decir que los pobres, los pequeños de Dios, son los grandes maestros de nuestra vida.

Creo que son estos necesitados que agradecen y valoran todo lo que reciben y pueden tener, los que tienen mucho que enseñarnos. Son maestros cuando pueden ver en nuestra pequeña ayuda un gran regalo de Dios. Son aquellos que se alegran y son felices con lo poco que tienen pues saben valorar las verdaderas grandezas que nos da diariamente la vida. Son los que no sueñan o sufren por lo que no tienen, sino que saben gozar y disfrutar con lo que viven. Son quienes pueden enseñarnos a poner nuestra seguridad en lo que somos y no en lo que hacemos o tenemos.

Y entonces Cristo nos invita a vivir este maravilloso encuentro con sus pequeños, con sus preferidos. Un encuentro en el que podremos darles de comer, beber, asistirlos o visitarlos, pero encuentro en el que creo que al hacerlo, concluiremos que nosotros somos los pobres y ellos los ricos que comparten con nosotros sus grandes tesoros de la vida porque nos enseñan a gozar de lo esencial y de la vida eterna.

Y en este tiempo, vivimos una coyuntura en la que la pobreza nos rodea mucho más. Existen más personas enfermas, personas que viven el duelo por un ser querido. Vemos que se experimentan distintos tipos de inseguridades y dolores, personas ancianas y desvalidas.

Vemos más personas pobres, aquellos que no tienen las tres t: techo, tierra y trabajo, como mencionaba el Papa Francisco. Vemos más personas solas y otras que manifiestan o agudizan problemas psiquiátricos. Vemos más personas que viven en serios conflictos familiares o laborales.

Cuánta pobreza que se han agudizado en las que este Evangelio se muestra como una llamada imperante. Una llamada a recordar la pregunta fundamental que nos hará el Señor y que sólo cada uno podrá contestar el día que le veamos cara a cara: ¿Cuánto has amado?

Creo entonces que es un domingo, el último del año litúrgico, en el que cada uno necesita entrar en sí mismo y con sinceridad preguntarse si abrimos o cerramos la mirada y el corazón ante el dolor y el sufrimiento que nos rodea.

Es ocasión para abrir las puertas de nuestros cofres y cajas fuertes para compartir nuestras pobres riquezas y recibir las verdaderas grandezas de la vida.

Es ocasión para abrir nuestro entendimiento para comprender que somos frágiles y débiles, que somos pobres también y que necesitados de la ayuda de Dios y de los nuestros.

Es ocasión para abrir nuestra conciencia para aceptar dónde está nuestro tesoro, pues allí está nuestro corazón.

Es ocasión para abrir el corazón para saber entregarnos a los que nos necesitan reverenciándonos por la dignidad y grandeza que conlleva su humanidad.

Es ocasión para abrir el espíritu y reconocer como hermano nuestro a todo ser humano, pues todos somos hijos en Cristo.

Es ocasión para abrir los ojos del espíritu, para encontrar a Cristo en toda persona, pero especialmente en estos pequeños y débiles.

¡Vivamos el coraje de amar, de mirar con hondura y de estirar las manos para dar lo que tenemos y recibir con humildad lo que necesitamos!

Les dejos algunas frases hermosas de Santa Teresa de Calcuta:

  • «Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor.»
  • “Dios no ha creado la pobreza, la hemos creado nosotros mismos con nuestro egoísmo.”
  • “No estoy completamente segura de cómo será el cielo, pero sí sé que cuando muramos y llegue la hora de que Dios nos juzgue, Él no preguntará ¿Cuántas cosas buenas has hecho en tu vida?, más bien preguntará ¿Cuánto AMOR pusiste en lo que hiciste? “
  • “Tómate tiempo para dar, el día es demasiado corto para ser egoísta”
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Magaly Rebaza es Laica Consagrada en la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Licenciada en Educación Secundaria con Especialidad en Filosofía y Ciencias Sociales. Tiene estudios y experiencia en Tutoría y Orientación. Tiene un interés muy grande por ayudar a que las familias se entiendan como la primera escuela de amor y felicidad. Anhela que todo ser humano entienda que el cielo empieza aquí en la tierra.

Si deseas leer más reflexiones de ella puedes entrar a su blog Asombro y presencia

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