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Olga Cárdenas Ortiz, Perú
 

Llegué a Cruz Blanca a los 12 años como acampada, por medio de una encargada de mi Parroquia (Señor de la Esperanza, San Juan de Lurigancho) quien le comentó a mi madrina de 15 días en Ancón. Desde el primer momento me encantó el lugar. Yo estuve en el grupo 20 y mi voluntaria se llamaba Roxana, una profesora del pedagógico de Monterrico, era muy graciosa y relajada; recuerdo que mis amigas y yo hacíamos los concursos.

Regresé a los 13 pero no me permitieron ingresar, aludiendo que ya estaba muy grandecita. Y es ahí donde me animé a participar al voluntariado. Fui a la capacitación a los 14 años e ingresé como auxiliar al turno de niñas. Estaba muy feliz apoyando, más aún con la encargada de las auxiliares (Gabriela) por que fue ella quien me enseñó a creer en la Virgen. Sin embargo yo deseaba desde el fondo de mi corazoncito ser voluntaria y poder hacerme cargo de niños pequeños. Me amarré las trenzas y muy sonriente le dije la encargada general del campamento: “Señorita María Ester Yo quiero ser voluntaria del grupo 1,” y ella dio una de aquellas miradas y sonrió. Creo que me asustó más su sonrisa que su mirada. Porque en la mirada pude ver asombro y en su sonrisa sentí "No sabes en lo que te metes”.
En la separación de grupos y asignación de guías, yo miraba desde la banquita de piedra, donde estábamos todas las auxiliares. De repente se acercó y me dijo muy firmemente: ¿en serio quieres ser voluntaria?...la alegría me saltaba por los ojos y le dije ¡SÍ!

Muchísimas cosas aprendí y aprendo con los niños, las voluntarias, las auxiliares, y las Fraternas.

Como olvidar aquellas palabras de aliento y esas sonrisas cálidas que he recibido. Tengo mucho por agradecer: a Dios por haber puesto en mi camino a Cruz Blanca; a Monseñor Durand por haberla fundado; a las Fraternas porque siempre están dispuestas a escuchar, aconsejar, ayudar, etc.; a las voluntarias por permitirme ser parte de su vida y a los niños por enseñarnos a crecer.

Me alegra decir que con el pasar del tiempo Cruz Blanca está mejorando, tanto como para los niños como para nosotras. Se siente el amor desinteresado que entregamos, la oración de las Fraternas y esas tiernas sonrisas que embalsaman el campamento.

Empecé como voluntaria del grupo 1 a los 14 años, jamás olvidaré lo que fueron esos niños en mi vida. Hoy estoy más que orgullosa de pertenecer a esta hermosa familia, por que no solo los niños se van aprendiendo sino también nosotras.

   
Kristina Hjelkrem Calderón, Ecuador
  “En Cruz Blanca entendí la dinámica de dar siempre y de renunciar a mi misma por amor a estos niños. Esta experiencia me marcó con el amor y me enseñó a ser más humana, más yo misma. Dios me mostró su rostro en cada uno de ellos y en cada sacrificio que yo hacía por ellos. Es la mejor experiencia de mi vida y la que realmente ha cambiado el curso de ella apuntando a un fin más alto, más exigente, más grande. Después de Cruz Blanca nunca más dejaré a mi alma con hambre, no me negaré el darme más y no aceptaré una vida mediocre o tibia.”
   
Fiorella Roa Burneo, Perú
  Para mí Cruz Blanca ha sido una bendición. No sólo por lo asombrada que estuve cuando descubrí cuánto podía llegar a crecer mi corazón para albergar todo el amor que puedo sentir por estas niñas, sino también por todas las amistades cimentadas en algo realmente sólido, pude llegar a forjar por todas las personas maravillosas que conocí y todas las experiencias y recuerdos que con tanta felicidad guardo en lo más profundo de mi corazón.

Todavía no puedo creer que debo dejar el lugar que me dio tantas cosas buenas, que me llenó de alegría, que me hizo darme cuenta de que puedo hacer cosas que jamás imaginé que podría.

Me acercó más al Señor, pero lo más importante de todo, cambió mi vida para siempre. No hay forma de que falte el próximo año.
¡Gracias por todo!
   
Angela Goris, Bélgica
  En Cruz Blanca las cosas fueron muy diferentes para mi: el idioma, el impacto religioso, la comida, los niños, el clima. Pera al mismo tiempo todo me era familiar y fácil y no siempre necesité hablar español para comunicarme con los niños. Solo tenía que demostrar mi amor maternal y mis talentos. Pobre o rico, holandés o peruano, la diferencia no es tanta. Estoy muy agradecida de haber podido participar en los campamentos de Cruz Blanca. Me ha edificado mucho el tener la experiencia de conocer a tantas personas tan involucradas con este proyecto. Espero tener la oportunidad de poder regresar al Perú y ayudar en otro proyecto similar.
   
María Alejandra Salas, Perú
 

Estar en Cruz Blanca ha sido, es y será una experiencia increíble, donde aprendes cada día de las niñas, las guías, las fraternas, en verdad de todos. A veces es difícil levantarse temprano, cuidar a tiempo completo de las niñas pero cuando te das cuenta y ves a cada niña sonreír y escuchar: “ñorita la quiero mucho” es como si sintieras que no importa nada de lo que tengas que hacer para ellas, para poder darte entera y poder amar.

De hecho estar aquí es un regalo, el mejor de todos. Creo que es una felicidad que no tiene palabras para explicar lo que se siente pero estar aquí tan solo un día te llena el corazón.

Me ayudó mucho a conocerme más saber que Dios y la Virgen están contigo todo el tiempo.

   
Elisabeth Ketteler, Alemania
  En el año 2008 tuve la oportunidad de estar por seis semanas en Cruz Blanca; mi mejor amiga (también de Alemania) y yo participamos en tres campamentos de los cuatro que se dieron en ese año. Aunque la rutina no cambiaba en cada campamento, cada uno de ellos fue muy especial. Mi experiencia fue de conocer la pobreza y riqueza al mismo tiempo; tal vez estos niños no tienen un segundo polo o más que dos calzoncillos, eso no les impide de ser personas muy alegres y creativas.
Durante los campamentos vi que aunque es difícil trabajar allí, aunque no tengas tiempo para ti, aprendes a conocerte mucho más y yo me sorprendí muchas veces de mí misma. Si bien ellos no pueden dar nada de valor monetario, me dieron su amor y cariño y quizás me enseñaron más de lo que yo les enseñé a ellos.
Cuando me fui, me fui llorando pero feliz por llevarme el proyecto en mi corazón y estoy rezando para tener la posibilidad un día de regresar.
   
María Beatriz Nebot Nevarez, Ecuador:
  “Entendí que hasta ese momento había amado a medias, que el amor es morir a ti mismo por la felicidad del que está a tu lado y que la fuerza para hacerlo sólo la da Dios. Aprendí también lo pequeña que soy y lo rápido que el Señor responde cuando confío en Él. Creo que todos deben tener alguna vez una experiencia así, de verse amando hasta el extremo, porque sólo allí aflora lo que somos en verdad.”
   
Gaby Dávila, FMR
  Asistí a Cruz Blanca en el año 2003.
Estuve en un campamento de niños, en el que la experiencia de entrega y amar en el servicio se hizo muy palpable, pero más fuerte fue la alegría de poder ser parte de este rayo de luz que los niños ven en medio del sufrimiento que cada día experimentan.

Hoy veo a Cruz Blanca y doy gracias a Dios por todas las bendiciones recibidas y entregadas por medio de este proyecto.

Día a día va creciendo y convirtiéndose más en un lugar en el que los niños pueden mirar hacia arriba y encontrarse con el amor de Dios por ellos, dándoles luz y esperanza para continuar.
   
Susana Nieto, FMR
  El trabajo en Cruz Blanca es siempre una experiencia de encuentro con el llamado que Dios nos hace a todas las Fraternas a acompañar a quienes más lo necesitan, acompañándolos en los momentos de alegría como lo son sus vacaciones de verano pero también en el dolor como consecuencia de la dura realidad en la que muchos de ellos viven. Cada campamento en el que he participado es un aliciente a vivir mi vocación al máximo, viendo como la gracia de Dios actúa en el corazón de las personas tanto de las otras voluntarias como en el de los niños. La ternura y transparencia de los niños son siempre renovadoras y me recuerdan lo que el mismo Señor Jesús nos invita a tener un corazón como niños para entrar en el Reino de los Cielos.
   
Luz Dary Gómez, FMR (encargada de Cruz Blanca 2006-2010)
  Una de las experiencias que más le agradezco al Señor, es haberme permitido presenciar la transformación que se va dando en los niños, muchos de los cuales llegan como “niños-viejos” y en el campamento tienen la posibilidad de vivir como “niños-niños”. La mayoría de ellos viven en circunstancias muy dolorosas que “los envejece” volviéndolos desconfiados, agresivos, tristes, así llegan al campamento, pero a medida que van teniendo experiencias del amor de Dios manifestado en sus encuentros con Él, en la relación con nuevos amigos y con las personas que los cuidan, y en el contacto con la naturaleza, va saliendo lo que realmente son, niños. En Cruz Blanca los niños que por las circunstancias de su vida, les toca vivir como adultos, tienen un tiempo de reposo para vivir como niños.